Caja de Ávila
 
 

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Opinión literaria

ESPEJO DE VIDA Y PENSAMIENTO

Un hábito establecido en el mundo académico es el de dividir los saberes en compartimentos estancos y fomentar la especialización. Esto, que sin duda tiene efectos positivos para ciertas materias, ha generado una visión equívoca en el caso de la literatura, de la ficción. Ésta queda vinculada, por efecto de dicho planteamiento, con narraciones que agotan en sí mismas el sentido de la fábula. Los autores y los lectores estarían condenados a no pedir a la ficción más de lo que ésta puede ofrecer, es decir, el retrato complejo de la vida y una línea de pensamiento sobre cuestiones fundamentales.

Pero la gran literatura no sabe de divisiones académicas ni especialidades científicas. En ella, la vida encuentra una de sus imágenes más puras y el pensamiento se abre camino a través de la lucha por el destino de los personajes. La ficción es un espejo que se arrastra a lo largo de un camino y la imagen que nos devuelve de aquél no es la de uno en particular, sino la de todos los mundos que hay en éste. Se trata de una perspectiva prodigiosa por su capacidad para presentarnos lo local sin fronteras, el carácter universal de la experiencia humana. El espejo que compartimos los autores con los lectores irradia esa verdad de las mentiras que con tanto acierto nombró Vargas Llosa. Las historias de la ficción son otra vida que nos habla de ésta con la fidelidad del retrato hecho desde la palabra, la memoria y la imaginación. Sobre estos tres pilares de la literatura, se erige una materia cósmica que tiene en cada uno de nosotros un suelo en el que prosperar. Pues la ficción es ese patrimonio de los espíritus libres que piensan la vida inventándosela y, con ello, haciendo que la vida sea más real y perdurable que ella misma. Cuando leemos las novelas de autores como Dickens, Tolstoi, Galdós, Kafka o Proust participamos gracias a la ficción de toda una concepción del mundo en relatos de alcance universal por la profundidad con que abordan la cuestión del hombre. Más allá del sentido que atribuyamos a sus fábulas, lo que está claro es que interpelan a nuestra inteligencia y sensibilidad tan intensamente que todo lo que somos queda involucrado en el acto de lectura. Basta pensar en obras como "Casa desolada", "Anna Karénina", "Fortunata y Jacinta", "El proceso" y "En busca del tiempo perdido" para entender que su encuadramiento académico como novela contemporánea poco nos dice de su amplitud y hondura.

La fusión específicamente narrativa entre vida y pensamiento hace de la novela, en sus momento de mayor fulgor, un artefacto inigualable para asistir al desvelamiento de los misterios que nos acechan a la vuelta de la esquina. Dicha fusión distingue a las ficciones de géneros menos permeables como el filosófico, el ensayístico o el periodístico. Los límites inherentes a estos, sea en la forma de un pensamiento sin arraigo en vidas concretas o en la de un informe de acontecimientos reducido a ser una escueta nota de la actualidad, son trascendidos por la novela dado que su búsqueda radical de la verdad de la vida le lleva a imaginar mundos humanos complejos y ambiguos, provincias del hombre cuya invención no significa darle la espalda a la realidad, sino presentarla en su estado más puro, el de una transfiguración de sí misma que sólo en el espejo de la ficción se vuelve inteligible.

En el fondo de las rutinas y quehaceres de cada día, de los esforzados trabajos de la angustia, la felicidad y el dolor radica la fuente de todo sentido, inaccesible mientras no nos acostumbremos a mirar lo normal, cotidiano y previsible con los ojos de la literatura. Posiblemente, ésta no sea un instrumento para cambiar el mundo, pero sí para propiciar una revolución interior, del sentimiento y la sensibilidad que, mejor que cualquier educación para la ciudadanía, forme nuestro espíritu en los valores de un humanismo de la compasión y el respeto.

Esta luz que nos aproxima al otro surge de la inmersión en esas calles pobladas por gente desconocida que son las novelas, conquistas de lo ajeno que, al obligarnos a salir de nosotros mismos, dejan para siempre la huella de un conocimiento redentor, de una mirada que antes de leer no existía, siendo por ello nuestra vida hasta entonces más pobre y limitada, más estrecha y mezquina.

Texto: Luis Mateo Díez

Luis Mateo Díez nació en Villablino (León) en 1942 y estudió Derecho en Oviedo. Su extensa obra literaria se centra en la novela y el cuento con incursiones en la poesía. Es creador, como Faulkner o Benet, de un territorio literario personal, Celama, en el que inscribe la tradición popular del noroeste español y sus experiencias. Premio de la Crítica en 1986 y 1999 y Premio Nacional de Narrativa en 1987 y 2000, algunas de sus obras como "La fuente de la edad", "La ruina del cielo", "El paraíso de los mortales" o "Brasas de agosto" son referencias de la narrativa española contemporánea. Su último libro (2008) es "El sol de la nieve" o "El día que desaparecieron los niños de Celama". En el 2000 fue elegido académico de la Lengua.

 
 
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