Caja de Ávila
 
 

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Naturaleza

LA REINA DE GREDOS

Estuvo a punto de desaparecer a comienzos del siglo veinte. Ha sido, y es, objeto de caza por parte de monarcas, generales y otros tantos personajes acaudalados. Estudiada por biólogos y naturalistas. Fotografiada por millones de personas. Protagonista de un sinfín de escritos, científicos y documentales. Hoy, el mamífero más representativo de la fauna abulense, la "capra pyrenaica victoriae", goza de buena salud y sigue campando, a sus anchas, con total libertad, por uno de los ecosistemas montañosos más bellos de toda la Península Ibérica: la Sierra de Gredos.

El mal tiempo parece que me va a dar una tregua, corta, pero más que suficiente. Como todas las noches, antes de pensar hacia dónde dirigiré mis pasos la jornada siguiente, preparo el macuto. A veces pienso que se trata casi de un ritual que repito un fin de semana sí y otro también. Guantes, gorro, gafas, "guetres" (y crampones, por si acaso), la cantimplora y algo de comida, ropa de abrigo, prismáticos, la cámara de fotos con sus tarjetas de memoria... Y, sobre todo, el 300 milímetros; sin el teleobjetivo sé que, allí arriba, no soy nadie.

En Ávila ha amanecido un día cerrado, muy gris. Da igual, estoy convencido de que irá mejorando. Desde el alto del Puerto de Menga veo las cumbres nevadas del Circo de Gredos bajo un cielo ya limpio y azul. Voy a tener suerte.

Primeros avistamientos

Esta mañana, he optado -como ya hiciera la última vez- por una de las gargantas de la vertiente norte. Tras dos horas y media de caminata y después de ir sorteando infinidad de excrementos, en una embarrada trocha repleta de huellas frescas, un fuerte olor hace que me detenga. Están cerca, me digo mientras preparo la Olympus, oculto entre la espesura de los piornos. A pesar de que la época de celo acaba de terminar, en el rebaño con el que me topo, cerca de un centenar de monteses, aún hay ejemplares que continúan emanando hormonas a diestro y siniestro. Diviso una quincena de machos, la mayoría jóvenes, un nutrido grupo de hembras y multitud de cabritillos, nacidos en abril o mayo del año pasado. Pero si, entre tanta cuerna y pelaje mimetizado con el entorno, algo llama poderosamente la atención, es el color negro y el tamaño del jefe dominante de esta manada. Uno, dos, tres, cuatro., once, doce y trece. Los medrones de su cornamenta, el mejor «deneí» de este bóvido, desvelan su edad aproximada.

Resulta curioso observar cómo un animal de estas dimensiones e imponente perfil es capaz de caminar atontado -embelesado por una hembra a la que persigue-, adoptando tan ridícula postura, con los belfos hacia fuera, la lengua escrutadora, como si por momentos estuviera hipnotizado. Mientras, los chivos, ajenos a lo que está ocurriendo a su alrededor, brincan de piedra en piedra, curiosean con todo, van y vienen, siempre alerta ante mis lentos movimientos. Movimientos de los que advierte al resto el centinela que, encaramado en un saliente, no dudará en emitir un peculiar silbido de aviso. Y las madres., arrancan la fresca y recia hierba, mordisquean las escobas y, de vez en cuando, me regalan tiernas imágenes que quedan doblemente registradas. En mi cámara, pero también en mi retina.

La pyrenaica victoriae guarda en sus pezuñas -sólo comparables a los «pies de gato» de un escalador-, un seguro de vida que le permite trepar sin peligro sobre las graníticas rocas de Gredos

Un extraordinario animal

La "pyrenaica victoriae" guarda, en la planta de sus patas, el mejor seguro de vida posible, teniendo en cuenta el agreste medio que escogió como hábitat millones de años atrás. Unas adhesivas pezuñas, sólo comparables con los «pies de gato» de un escalador, permiten a la montés realizar sorprendentes e imposibles saltos entre los abundantes canchales y rocas graníticas de Gredos. Su mayestática figura, su acentuado dimorfismo sexual (con la portentosa cornamenta como mejor muestra), su mirada color ámbar, su fabulosa adaptación al territorio, su cuerpo robusto y compacto., son «sólo» algunos de los motivos por los que este ungulado, cuya principal amenaza es el hombre, me fascina tanto.

Empiezo a notar que la temperatura está descendiendo. Probablemente -no es nada nuevo- me haya entretenido demasiado con estas últimas fotos. A buen paso, hasta el coche, todavía me quedan cerca de dos horas por lo que llegaré casi sin luz.

Quizá el próximo día me acompañen Angie, Carlos, alguno de mis hermanos. O quizá no, como suele ser lo habitual. Las que, seguro, no fallarán serán las cabras. Me costará más o menos dar con ellas. Dibujarán sus siluetas en las lejanas crestas o pastarán, tranquilas, en las vaguadas bajeras. Me sorprenderán, como hoy, grandes rebaños. O, tal vez, únicamente, un macho adulto que, desterrado del grupo, viejo, enfermo y cansado, vague errante por estas montañas. «Mis» montañas.

Texto: Eduardo Mayorga

 
 
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