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La escapada

PIEDRAHÍTA. SEÑORÍO, CAPRICHO Y LIBERTAD

Quién, camino de El Barco de Ávila o de Plasencia llega a Piedrahíta, debiera estar mejor informado sobre el lugar al que llega. La villa, noble y leal, según reza en su escudo, esconde en una acogedora y señorial modestia no sólo cuidadas plazas y calles, establecimientos de primer orden para el descanso o la buena comida y comercios abastecidos de las últimas tentaciones para el consumidor, sino siglos de historia que el viajero habrá de descubrir poco a poco al advertir los múltiples escudos que decoran las fachadas de sus casas, el nombre de algunas calles (de La Sinagoga, de La Fortaleza...), y los sorprendentes edificios de su Iglesia, del palacio de los Alba, o las ruinas del Convento de Santo Domingo, entre otros.

Situada en el Valle del Corneja a los pies del puerto de Peña Negra y especialmente del Monte de la Jura, Piedrahíta es una población magníficamente dotada por la naturaleza y la historia para convertirse en un núcleo turístico de primer orden. A 53 kilómetros de Ávila capital y poco más de 170 de Madrid, su población, algo más de 2.000 habitantes, se dedica a la agricultura, la ganadería y los servicios, aunque gran parte de ellos trabajan en Ávila, El Barco, o en núcleos industriales próximos. Las primeras noticias históricas de la localidad se remontan al siglo XII, siendo rey de Castilla Alfonso VIII, época en la que se creó el señorío de Valdecorneja, del que Piedrahíta sería su población más importante, por así decirlo, la capital. En ella asentó su castillo doña Berenguela, reina de Castilla y León, hija de Alfonso, quien, según cuenta la tradición, lo donó al pueblo para que se convirtiera en su iglesia. No sin haberlo habitado y traer al mundo a Fernando, que reinaría como Fernando III El Santo. La iglesia, una de las visitas ineludibles, se transformó para tal uso en el siglo XIII añadiéndole un soportal en la fachada sur y un claustro en la zona oeste. Dedicada a Nuestra Señora de la Asunción, alberga en el interior de sus tres naves separadas por arcos de medio punto, auténticos tesoros: el retablo barroco del altar mayor que se corona con una talla de Santa Teresa, de Gregorio Hernández; magníficos el órgano y el coro del mismo periodo y el retablo de Santa Ana, (también llamado de La santa Parentela), de estilo gótico, obra de Juan Rodríguez de Toledo. Con don Fadrique Álvarez de Toledo, primo de los Reyes Católicos, entra Piedrahíta en la órbita de la Casa de Alba, al tomar éste posesión en 1485 del señorío de Valcorneja. Órbita que se convertiría en centro cuando en 1507 nace en ella don Fernando Álvarez de Toledo, el que pasaría a la historia de España y de Europa como el Gran Duque de Alba. Esta noticia nos acerca con naturalidad a los jardines y al palacio de los Alba que encontraremos subiendo desde la Plaza Mayor (centro del casco viejo) por la calle Fortaleza hasta la plazuela de Vida Nueva. Al fondo de una amplia explanada, que antes fueron jardines y escalinatas de acceso hasta el patio de armas, vemos un imponente edificio que, a primera impresión, desentona con la piedra sillar que hasta entonces había ocupado nuestros ojos. Su estilo barroco francés del siglo XVIII, sus cubiertas de metal extremadamente verticales para estas latitudes y sus amplios ventanales que recuerdan Versalles, desconciertan un tanto. Para completar la sorpresa, al acercarnos a las ventanas de la planta baja comenzamos a percibir un coro de voces infantiles: el palacio construido por el Duque Viejo, don Fernando de Silva y Álvarez de Toledo, y convertido por su nieta, María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, en centro de reunión de intelectuales y artistas, es un colegio. En sus salones compartió veladas doña Cayetana con Francisco de Goya, Meléndez Valdés, Quintana, Jovellanos y el poeta, novelista y librepensador local José Somoza, al que se deben estos versos: «La luna mientras duermes te acompaña, / tiende su luz por tu cabello y frente,/ va del semblante al cuello y lentamente/ cumbres y valles de tu seno baña».

El señorío de Valdecorneja, del que Piedrahíta fue capital, se creó en el siglo XII, siendo Alfonso VIII rey de Castilla.

El palacio y los jardines que se prolongan detrás de él fueron destruidos por el pueblo como respuesta a la brutal represión que las tropas francesas ejercieron sobre la comarca durante la Guerra de la Independencia, y porque en él instalaron su cuartel general. Desde 1931, pertenece al pueblo de Piedrahíta, restaurado como escuela. Los jardines fueron renovados mucho más tarde y en ellos, hoy parque público, puede respirarse algo del romanticismo que los inspiró al contemplar sus fuentes y estanques. Algunos de sus primitivos rincones aparecen en cuadros de Goya (La Vendimia, entre otros) que fueron pintados bajo su luz.

Regresamos a la Plaza Mayor para volver a sorprendernos con la hermosa fuente que data de la época de Carlos III, con sus magníficos soportales y el eclecticismo de las fachadas de sus edificios que, sin transición, nos llevan de la Edad Media al Modernismo y de éste a la inanidad de la obra civil contemporánea. No se puede visitar Piedrahíta sin rendir visita a la Virgen de la Vega, patrona del Valle del Corneja; su ermita se encuentra en la salida de Piedrahíta hacia Salamanca, asentada donde hubo una villa tardorromana o visigoda. El poeta Gabriel y Galán, que ejerció como maestro durante varios años en Piedrahíta y del que se conserva su casa como museo, compuso en el entorno de la ermita algunos de sus mejores textos.

Entre las actividades que pueden practicarse en el entorno de la localidad (montañismo, senderismo, caza, pesca) destaca por su vistosidad y novedad el vuelo libre. Pero quien se acerque a Piedrahíta, verá que encierra muchas más cosas de las aquí contadas.

Texto: Lulo Luciano

 
 
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